jueves, 19 de abril de 2012

Tenemos que hablar de Kevin. Jóvenes asesinos


Llegué tarde, para cuando me quise dar cuenta ya habían quitado la película del cine y tendré que esperar a que salga en alquiler para verla. Estoy impaciente.
Hace 3 años leí el libro “Tenemos que hablar de Kevin” escrita por Lionel Shriver, editada en 2003. La novela cuenta la historia de Eva, una mujer satisfecha consigo misma. Es autora y editora de guías de viaje para gente tan urbana y feliz como ella. Casada desde hace años con Franklin, un fotógrafo e iluminador que trabaja en publicidad, decide, ya cerca de los cuarenta años y tras muchas dudas, tener un hijo. El producto de tan indecisa decisión será Kevin. Sin embargo, casi desde el comienzo, nada se parece a los inefables mitos familiares de la clase media urbana y feliz. Para empezar, Eva siente que Franklin se ha apoderado de su maternidad y le está convirtiendo a ella en el mero contenedor del hijo por nacer, privándole de placeres tan apreciados por Eva como el sexo, la gimnasia o el vino.Desde el comienzo del libro se aprecia como el vínculo madre- hijo está roto desde el mismo instante del nacimiento, incluyendo ese mágico momento posterior al parto.
Tras reflexionar sobre el libro que me tuvo angustiada durante cierto tiempo, me asaltaban muchísimas preguntas ¿Puede una madre sentir rechazo por su hijo nada más nacer éste? O planteada la pregunta de otro modo ¿Puede un hijo despertar la antipatía de su madre con su conducta nada más nacer? ¿Puede un niño mostrar conducta antisocial desde bebé?
Ante una persona antisocial, sobre todo si se trata de un niño siempre la primera pregunta que se nos viene a la cabeza es si la persona en cuestión es “así”, o si no ha tenido un entorno favorable para desarrollar una conducta normal. Mi opinión al respecto es un sí a medias para cada una de las preguntas. Es decir, el bebé viene dotado con un temperamento singular y único biológicamente determinado (que pude ser considerado  más o menos “difícil” o “fácil, como se quiera ver). A su vez, los padres ante el nacimiento de un hijo tienen unas expectativas, que aunque no sean realmente conscientes, están ahí. Cuando estos dos hechos chocan o son contrarios no logra establecerse un vínculo sano entre la madre y el hijo.
Por otro lado, diversos estudios como el realizado en 2010 a 120 familias en el Reino Unido, indican que la depresión materna  durante la gestación tiene efectos sobre la conducta del hijo, teniendo éste más probabilidades de desarrollar una conducta antisocial. La depresión postparto también es un factor que hace que no se desarrolle un vínculo afectivo sano entre la madre y el hijo con las consecuencias devastadoras que esto implica ya que a ese niño le costará mucho establecer vínculos con sus pares en el futuro.
Lo realmente escalofriante de este libro es que, aún tratándose de ficción, podría haberse basado en una historia real perfectamente, como la del la Matanza del Columbine, que tuvo lugar el 20 de abril de 1999 en un  instituto de enseñanza media de Littleton,Colorado. Ese día dos alumnos preadolescentes del centro escolar ( Eric Harris y Dylan Klebold) asesinaron a balazos a 11 compañeros y un profesor y provocaron 23 heridos graves antes de suicidarse.
En  un primer momento, las autoridades introdujeron una perspectiva psiquiátrica para interpretar el suceso, y esta hipótesis fue adoptada de manera acrítica por los medios de comunicación. Sin embargo, una investigación llevada a cabo por Aronson parece desmentir esta conclusión. Tras una cuidadosa revisión del historial académico y personal de Harris y Klebold, lo que se aprecia es que los informes elaborados por el tutor de ambos pocas semanas antes del suceso eran favorables, que, como alumnos gozaban de la estima de sus profesores y que desde un punto de vista académico estaban por encima de la media de su curso. En sus familias no había problemas. También se puede descartar un carácter huraño o insociable, ya que asistían habitualmente a las fiestas y bailes que organizaba el centro para sus alumnos. Todos  estos datos, contrastados y considerados en conjunto son contrarios a la interpretación psiquiátrica.
La interpretación de Aronson, que a la larga se acabó imponiendo, parte de la atmósfera dominante en Columbine. Una atmósfera con prácticas de exclusión social reflejadas en las llamadas “cintas de Columbine” con diversos testimonios recogidos inmediatamente después del suceso. Los alumnos favoritos de la dirección, los que destacaban en las prácticas deportivas y los más directamente involucrados en la marcha del centro, ejercían un control sobre el resto y los sometían a un acoso constante, tanto físico como psicológico. Todo ello ocurría en la más estricta impunidad. Una búsqueda en internet tras la masacre reveló que muchos jóvenes de EEUU podían adivinar correctamente las experiencias de rechazo de Harris y Klebold y sin aprobar su conducta daban muestras de comprensión y empatía hacia ellos.


Todo lo aquí recogido nos lleva otra vez a la misma reflexión ¿Qué peso tiene el ambiente y que peso tiene la herencia a la hora de intentar comprender  estos terribles actos? ¿Pueden unos buenos vínculos familiares paliar el  sufrimiento de un acoso reiterado día tras día en el colegio? ¿Podría haberse prevenido? 

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